lunes, octubre 26, 2020

Ona Carbonell gana su 23ª medalla mundial en natación sincronizada

La sensación de plenitud que evoca Ona Carbonell cada vez que describe su primera relación con el agua se remonta a la niñez, cuando pasaba largas horas semisumergida en la cala de Murtar en Menorca, completamente sola hasta experimentar algo que en sus palabras se parece mucho a un estado de ataraxia. En sintonía consigo misma, con la armonía interior y con el ritmo del universo en el umbral de lo absoluto, descubrió algo que marcó su vida. No es extraño que la fascinación que la empujó a practicar la natación sincronizada estuviera más relacionada con las rutinas del solo que con las de dúo o el equipo, y entre las disciplinas solitarias prefiriera las libres a las técnicas. Todo fluye hacia un destino telegrafiado en la espléndida nadadora española, de modo que tampoco resultó sorprendente que este miércoles ganara la plata en la final de solo libre de los Mundiales que se celebran en Gwengju (Corea del Sur).

La cuarta medalla de Ona Carbonell en solo libre, que suma su 23ª medalla mundial, más que ninguna otra mujer en la historia, fue tan predecible como la tormenta que desató Svetlana Romashina. La fiera rusa arrasó en las puntuaciones del panel de jueces después de poner la piscina como un hervidero. Resultó perfectamente lógico que la gran campeona eligiera interpretar una españolada para medirse mano a mano a su gran rival. La Habanera de la Carmen de Bizet fue el hilo conductor de las evoluciones de Romashina, un ciclón ejecutivo e interpretativo que concentró todos los elementos que mandan en el manual de la natación sincronizada: abarcar la mayor superficie de piscina posible, nadar lo más fuera del agua que se pueda, hacerlo completando los elementos del modo más geométrico que permita el organismo humano y cumplir con el deber del sacrificio de la apnea hasta donde resistan los pulmones y el cerebro.

Romashina hizo de su obra un monumento al espagat. La Real Academia reserva entradas para apechusques, jonrón, bluyín, yin, muslamen o culamen pero no certifica el espagat, término tradicional de la danza clásica que la Wikipedia define como “posición física en la cual las piernas están alineadas una con otra y extendidas en direcciones opuestas formando un ángulo de 180 grados o más”. Si la cosa ya es difícil en el suelo boca arriba, hacerlo cabeza abajo en una piscina de tres metros de profundidad y elevando el tronco por encima de la superficie de forma que el espagat brille en todo su esplendor aéreo, resulta de una considerable heroicidad. A los jueces les faltaron dedos para pulsar los botones de la clasificación (le dieron 97 puntos) cuando la temible Romashina, inerte y pálida como la luna, flotando en el agua clorada, acabó representando a la muerta Carmen, apuñalada, víctima del machismo decimonónico, o, como diría Bizet, del amor, “pájaro rebelde”.

Contra el remolino carismático ruso, Ona Carbonell ofreció una interpretación soñadora, lánguida, sentida, del clásico de James Brown It’s a Man’s World. La letra es perfecta: el hombre hizo los trenes, la luz eléctrica, los barcos y el Arca de Noé. Es un mundo patriarcal, pero no hay manera de parar a una diosa haciendo espagats. Cantado por el dionisíaco James Brown, el tema tenía fuego. Cantado por Louisa Johnson, famosa por ganar un concurso televisivo en Inglaterra, la fuerza coreográfica quedó reducida al poder de convicción de Ona Carbonell. Sola, armada de su cuerpo y su éxtasis acuático, la española debió esforzarse al máximo en su sucesión de figuras perfectamente bien cumplidas con piernas de ballet, rotaciones inclinadas, giros y albatros para elevarse sobre el agua contra las notas inclementes de la cantante británica, menos ligeras que un plomo. Los jueces la premiaron con 94,5 puntos.

Ona Carbonell, de 29 años, recibió el asesoramiento de Virginie Dedieu, la francesa, última solista en arrebatar el oro a Rusia en esta especialidad, en 2007. No le faltaron recursos para armarse para la final. Tampoco le faltó talento natural para dar y tomar. Su único problema fue de principio: este no es un mundo de hombres. Es el mundo de Svetlana Romashina, dueña de un récord femenino: 20 medallas de oro en la historia de los Mundiales.

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Artículo con la colaboración de diario El País

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