lunes, octubre 26, 2020

Higuita se lleva la etapa de los puertos y Valverde recupera el segundo puesto

La Morcuera es un tótem y en su descenso el silencio lo rompe la cascada del Purgatorio, cayendo salvaje en un paisaje tan desnudo que ya se entiende por qué en el Paular cercano Buñuel descubrió la pureza del Martini más puro —ginebra en la copa y solo la sombra de la botella del Martini sobre ella enturbiando mínimamente su transparencia— y solo el ruido del viento de cara que rasga los radios de la bici acompaña a Sergio Higuita, que no descubre la pureza del ciclismo más puro, la lleva en sus piernas, más fuertes que el dolor de su pie, insoportable, sino que la enseña al mundo cuando se lanza veloz, sin mirar atrás, donde los grandes se arañan y persiguen, y Superman descorazona a Pogacar y le arranca el maillot blanco, y Roglic resiste con la boca cerrada.

Higuita no se para a esperarlos. Abajo, en el pueblo, pasado Cotos y otro descenso, 57 kilómetros más allá, le espera la victoria, la razón de sus sacrificios, y los pinos tan altos de buena madera le asombran. Tiene un minuto de ventaja, que desciende rápido hasta estabilizarse en 40s. Los suficientes. Los que le ven pasar, descendiendo tan pequeñito, ascendiendo tan duro Cotos, de nuevo, de vuelta, hasta Navacerrada, se emocionan y le envían fuerzas. El ciclismo, con Sergio Higuita, regresa a sus orígenes, encuentra sus raíces. “La victoria es más importante que el dolor”, proclama en meta, con su sonrisa enorme de niño ya endurecida en su rostro de 22 años recién cumplido escondido bajo las gafas que le cubren toda la cara y arrugado por el esfuerzo después de 18 etapas de una Vuelta que dicen que es muy dura, pero a la que al final ha doblegado, una Vuelta que, como la vida, cada día es una historia nueva. Y la victoria le trasciende. “No tenía energías, pero sí corazón y sueños”

Entre Miraflores y Rascafría, la Morcuera es territorio ciclista, un territorio “descubridor de valores y juez de triunfos”, como dice José Miguel Echávarri, que en sus pendientes vivió y escribió historias de todos los colores con sus Reynolds y sus Banestos, Para Nairo, el aliado del viento, la Morcuera en la que sufre, y no aguanta la rueda de Valverde, Superman, Roglic y Majka, los más fuertes, es el primer puerto que subió en Europa, y lo hizo cuando aún estaba en edad juvenil, tenía 19 años, corría en el equipo de su Tunja, Boyacá es para Vivirla, y disputó una Vuelta a Madrid en la que Alejandro Valverde, ya el Bala en su vida, quedó segundo.

A Valverde, Nairo y Superman solo les queda Gredos

Primoz Roglic logró el liderato en la contrarreloj de Pau, de donde salió con una ventaja en la general de 1m 52s sobre Valverde, 2m 11s sobre Superman, 3m sobre Nairo y 3m 5s sobre Pogacar. Han pasado los Machucos, las montañas asturianas y la sierra de Guadarrama, las etapas de montaña que esperaban sus rivales, y la ventaja del esloveno de acero no solo no ha disminuido sino que ha aumentado (2m 50s a Valverde, 3m 31s a Nairo, 4m 17 sobre Superman y 4m 49s sobre Pogacar. Visto que también en la montaña es superior el esloveno, los cuatro rivales ya no saben si desean que la Vuelta termine ya o que llegue la ruta de los puertos de Gredos, mañana, la última, y grande, etapa montañosa de la Vuelta, y el recuerdo de Hinault masacrando a Julián Gorospe.

Pero los aficionados que esperan Gredos —desde Arenas hasta los 1.750 metros de la Plataforma, pasando por Pedro Bernardo, Navatalgordo, Chía y Peña Negra, e incontables repechos— sueñan con la gran etapa de montaña que el granizo frustró en Andorra y recuerdan a Julio Jiménez, el Relojero de Ávila, rey de la montaña de varios Tours y segundo en el del 67, que los inviernos se concentraba mes y medio en el Parador, al pie de la Plataforma, que se fundó para Alfonso XIII para salir a cazar —los ciclistas tenían prohibida la bicicleta en los meses entre temporadas— y ejercitarse andando con la escopeta al hombro. “Pero cuando nevaba, me entraba la locura, cogía el coche hasta la Plataforma y subía hasta la cima con los esquís al hombro y descendía esquiando”, recuerda Jiménez. “Luego, cuando dejé la bici, hacía rallies por las carreteras y los puertos de la comarca, por la Paramera y alguno más. Tenía un BMW potentísimo y un día di una buena vuelta de campana en una curva de la Paramera. Y otro día apareció allí un chavalillo con un Pandilla y nos dejó a todos atrás, con qué facilidad nos ganaba con ese cochecillo. Se llamaba Carlos Sainz”.

Para el Astana de Superman, la Morcuera es el recuerdo del ataque de Landa, que con Aru a rueda mató a Dumoulin y le dio al sardo la victoria final. Y, movido por esa historia y por su necesidad (es quinto, quiere podio, quiere el blanco de mejor joven que luce insolente Pogacar), el colombiano de los desafíos imposibles, que solo tiene 25 años pero que ya se siente un veterano viendo cómo llegan los más jóvenes, ataca mediada la ascensión y fuerza el primer gesto de contrariedad que se ve en Roglic, al que le cuesta, y prefiere no seguirlo y mandar a su Kuss que lo tenga a rueda, y espera, y logra que el Movistar persiga también. Y Superman, al que todos sus Astanas han lanzado, se resigna a condenar solo a Pogacar y a dejar tocado a Nairo.

La partida por la victoria de la Vuelta está condenada a unas tablas de vigilancia entre atacantes y defensores, papel en el que se ve atrapado Valverde, quien podría aspirar a ganar la etapa, pero se mantiene a rueda para preservar el puesto en el podio de su compañero Nairo, tocado por el esfuerzo del viento hacía Guadalajara. El vendaval que le llevó machacó también las esperanzas en la general de Higuita, que nunca se ha sentido amigo del viento, pero este, compasivo, hacia Becerril inalcanzable deja de ser de cara y le empuja, y perdió más de 20 minutos.

Las circunstancias favorecen el esfuerzo de Higuita, que piensa que nunca llegará a Becerril, porque siente que el pueblo se aleja y parece que los de atrás, con tanto nombre y fuerza, más que perseguirle le están aspirando y robándole el tiempo de su vida. Alcanza la meta con solo 15s de ventaja sobre los cuatro que le siguen, cuyo nombre quita el hipo, Roglic de rojo —le esprinta a Valverde, a Majka y a Superman agotado— por delante de todos.

Y la victoria le permite a Higuita reivindicar las virtudes de la resiliencia, y a su equipo, el Education First, y a Rigo, su caída tan dura, y a su director, Juanma Gárate, y le permite contar su historia, una historia ejemplar, un proceso, diferente a la de los otros fenómenos colombianos que recién destetados asombran en Europa, desde su infancia en la Comuna Castilla de Medellín, de donde es también el portero René Higuita, y los amigos le llaman, admirativamente, René al ciclista, su aprendizaje con Fernando y Amparo Saldarriaga en el aeródromo con el club Nueva Generación, que a todos acoge y enseña; su vida en la pista con el pistero Efraín Domínguez, que le reveló los secretos de la velocidad y la agilidad; su crecimiento, siempre lejos del radar de la federación, que no le convoca para Mundiales ni Panamericanos ni nada, ni de juvenil ni de sub 23, con Luis Fernando Saldarriaga en el Manzana Postobón, el que siempre dice que son más importantes, siempre, los principios que todo lo que venga y proclamar, feliz, “los procesos en ciclismo sí existen”.

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Artículo con la colaboración de diario El País

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