viernes, diciembre 4, 2020

Roglic, sólido y glotón, gana su segunda Vuelta

Una luz se apaga. Cuatro horas después de recibir su trofeo por la victoria en la Vuelta de 2011 (adjudicada por la descalificación por dopaje, ocho años más tarde, de Juan José Cobo) y, pasado un paseo de mediodía dominical nublado por el árido paisaje de las autovías que rodean Madrid, Chris Froome cruza la meta en el Paseo de Recoletos. Unos metros por delante, 36 segundos exactamente, el alemán Pascal Ackermann rompe a su favor el empate a uno con el irlandés Sam Bennett, al que derrota en el sprint definitivo. Termina la Vuelta. Terminan los años Froome en el Sky/Ineos. Termina una época. Tan símbolo de lo que le ha ocurrido al ciclismo en el año de la pandemia es la desaparición de los principales escenarios del ciclista que dominó la década como la toma del poder en los rankings principales y en todo tipo de carreras de unos ciclistas que hasta hace dos años o menos solo estaban en el radar de los aficionados que se pasan el día escarbando en las páginas de estadísticas para anticipar futuros fenómenos.

Julian Alaphilippe, Remco Evenepoel, Mathieu van der Poel, Filippo Ganna, Wout van Aert, Tao Geoghegan Hart, Marc Hirschi, Tadej Pogacar, Hugh Carthy, Joao Almeida… son los nombres que mandan en clásicas, Mundiales y grandes por etapas, cuyas fronteras se diluyen. Los nuevos no son escaladores, contrarrelojistas, rodadores o sprinters, hombres de un día, una semana o tres: lo son todo, o aspiran a ello.

Y también Primoz Roglic y Richard Carapaz, los protagonistas del duelo final de la Vuelta, como ya lo fueron del Giro de 2019, que, como en 2019 acaba coronando al esloveno de 31 años, una especie de ancla generacional que esprinta en busca de todas las bonificaciones posibles, contrarrelojea como ninguno y resiste lo necesario en la alta montaña, y tiene una fuerza mental única. Algunos de los más grandes, como Laurent Fignon, nunca se recuperaron después de perder en el último segundo un Tour que creían ganado. Roglic ha tardado siete semanas en ganar la Vuelta tras el desastre de la Planche des Belles Filles en el que su compatriota Pogacar, de 22 años, le arrebató el maillot amarillo la víspera de llegar a París. Ambos eslovenos justamente y Carapaz, de 26 años, son los tres únicos que han subido los dos últimos años al podio de Giro, Vuelta o Tour. Antes de ganar la grande boucle, Pogacar terminó tercero en la primera Vuelta de Roglic, quien, en espectacular demostración de solidez, glotonería y regularidad, ha subido al podio de las cuatro carreras de tres semanas que ha disputado entre 2019 y 2020: tercero en el Giro y primero en la Vuelta del 19; segundo en el Tour y primero en la Vuelta del 20.

“No sé si soy ahora el mejor corredor para las grandes por etapas”, dice. “Solo sé que he sido el mejor en esta Vuelta”. Una luz se enciende.

En el pasado quedan Valverde, Bernal, Thomas, Kruijswijk y Nibali, reemplazados en 2020 por Carthy, Porte (el guiño al pasado del podio del Tour), Tao, Hindley y Kelderman. En las grandes clásicas, los monumentos, solo repitieron podio Alaphilippe, primero y segundo en San Remo, y pudo haber ganado, además del Mundial, la Lieja (error de sprint y posterior descalificación) y Flandes (caído cuando marchaba junto a Van Aert y Van der Poel en la fuga definitiva), y Fuglsang, ganador en Lieja un año y en Lombardía, el siguiente. En 2020 ya llegaron para quedarse Van Aert (antes de sus dos etapas y sus demostraciones en la montaña del Tour, ganó en San Remo, y después quedó segundo en el Mundial y en Flandes) y Van der Poel (su primer monumento: Flandes), que anuncian la gran rivalidad en las clásicas de la década que empieza, a la que se unirán Marc Hirschi, de 22 años, segundo en Lieja y en el Mundial y revelación en el Tour, y en la que ya estaría Remco Evenepoel, de 20 años, si el 15 de agosto no se hubiera despeñado por un puente en Lombardía.

“Se abre un nuevo ciclo generacional”, reconoce Carapaz, que se encuentra entre dos mares, el más joven de los viejos o el más viejo de los jóvenes. “Y es un cambio bastante grande en la forma de correr, al que vamos a tenernos que adaptar. Ya no se gana por minutadas, como antes, ahora todos los segundos cuentan”. La Vuelta se ha resuelto por 24s; el Giro se ganó por 39s; el Tour, por 59s.

Lo de la forma de correr, más al ataque, como se corrió en esta Vuelta sin patrón, en la que el equipo dominante, el Movistar, no contaba con rematador, y él, rematador reputado, no contaba con equipo, lo tiene asimilado Carapaz, poseedor de un magnífico punch, olfato y amor por la ofensiva; lo de los segundos tan importantes lo ha sufrido en sus carnes el ecuatoriano, que ha perdido la Vuelta por solo 24s después de ceder 32s en los sprints por las bonificaciones (y 49s en la contrarreloj) ante el glotón Roglic, un valor sólido cuyo rendimiento no se ha visto afectado por el cambio de rutinas y hábitos que ha supuesto para los más veteranos el trastoque del calendario por el coronavirus. Y los jóvenes, ya se sabe, aún no han caído en la dictadura de las rutinas.

Solo Roglic, durante 13 días, en tres ciclos diferentes, y Carapaz, los cinco restantes, en dos tandas, han liderado la Vuelta 2020. Y nunca la diferencia entre ambos fue superior a los 45s con los que Roglic contó antes de la subida a la Covatilla.

Ninguno de los nombres nuevos que tanto suenan sale del ciclismo español, que ha vivido una de sus Vueltas más mustias, sin ningún corredor con aspiraciones a la victoria final y solo dos triunfos de etapa, la de Marc Soler en Lekunberri y la de Ion Izagirre en Formigal. Como en el Tour y en el Giro, fue un ciclismo transparente, sin peso. Como en el Tour, Enric Mas, que hace dos años, a los 23, llegó segundo y abrió el cofre de las grandes esperanzas, terminó quinto.

Artículo con la colaboración de diario El País

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